¿Cómo llegó ese simpático pajarraco a nuestras mesas? Como tantas cosas de nuestra cotidianeidad, de la mano de los inmigrantes europeos, porque su origen data de la década de 1860, cuando debido a nuevas regulaciones de higiene en Francia, pequeños productores de vino común comenzaron a vender el vino en jarras cerámicas con forma de animales.

Una vez aquí, muchos animales se postularon para el trabajo pero el elegido por el público argentino fue el pingüino. Quizás porque los de verdad pueblan nuestras costas patagónicas o quizás porque su pelaje blanco y negro remitía a un elegante camarero o, como se lo llama en Argentina, un mozo. Debe ser por eso que mayoría de los pingüinos en sus años dorados eran de un color parduzco por cuestiones prácticas (marrón colonial en la nomenclatura de la industria cerámica) pero con un smoking simulado en relieve, a los que se llamó Lord Brown.

pingüino clásico

Su función era estrictamente utilitaria. Antes de 1984, las bodegas trasladaban el vino a granel para comercializarlo en cantinas, pulperías o almacenes y los mozos precisaban una jarra cómoda para llevar la bebida hasta la mesa. Desde ya no hablamos de los restaurantes más pitucos, en los que eran vistos con desdén.

Podían usarse tanto en la mesa familiar como en bodegones típicos y su reinado se extendió, entre los años 50 y 70.

Pero, en el año mencionado antes, 1984, con la sanción de la Ley de fraccionamiento de vinos en origen, que estableció que el vino debía fraccionarse en la zona de producción, la jarra pingüino entró en desuso: la industria se volcó a la botella de 750 ml, con el etiquetado y el empaquetado diferenciador. El vino fue ganando otro espacio y prestigio, con una poderosa industria nacional, y el famoso vino de mesa o vino de la casa tuvo cada vez más y mejores marcas y varietales contra los que competir.

Este siglo empezó con un nuevo auge de estas jarras, con su revalorización como objetos de diseño, mezclándose los clásicos rescatados en tendencia vintage o kitsch, o los nuevos con diseños modernos, de autor y de colorido más diverso. Y ya no solo para uso hogareño sino también en restaurantes y como souvenir turístico.

Hay coleccionistas que atesoran ejemplares de lo más diversos, entre los que se destaca el Museo de las Jarras de Pingüinos, que reúne alrededor de 260 piezas. (jarradepinguino.com)

Y ya que estamos hablando de vino, hablemos de maridaje. Pero no el culinario: el maridaje cultural, de argentinidad, que se genera en la unión del pingüino con el fileteado porteño.

Obra fileteada por el maestro Beto Cáceres

Es muy poderosa la conexión con el fileteado porteño: ambos objetos comparten una genealogía casi calcada. Nacieron de manos de inmigrantes, se volvieron mobiliario cotidiano de la vida popular —el fileteado ornamentando carros, camiones y carteles; el pingüino en la mesa del bodegón—, cayeron en desuso frente a la modernización y la regulación, y volvieron como objetos de culto revalorizados por el diseño y la nostalgia. Intervenir un pingüino con fileteado no es un cruce forzado ni un simple souvenir: es hacer que un oficio decorativo nacido para embellecer objetos utilitarios porteños cumpla, otra vez, su función original sobre un objeto utilitario porteño que también busca ser rescatado.

Dos tradiciones populares, dos revalorizaciones paralelas, un mismo gesto: convertir lo cotidiano en belleza con identidad.

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Acerca de Mario De Los Santos

Ex director de arte y coeditor de la Revista 054. Estudió comunicación y publicidad, trabajó en agencias y freelance. Dibuja, escribe, diseña, alienta a Boca y escucha mucha música.

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