
Pinceles Carnevale: los elegidos para el filete y una charla con su fabricante
Detrás de toda buena obra se encuentra un artista, y ese artista hace magia con sus elementos… En el caso de los fileteadores y fileteadoras, el mayor elemento con el que hacen magia es con los pinceles. Ahí es donde entra Pinceles Carnevale, una pequeña empresa familiar que, con su perseverancia y forma artesanal de hacer los pinceles, es la número uno del país y elegida por muchos artistas del filete.
(*) Entrevista realizada en el mes de abril de 2021.
Tuvimos el agrado de entrevistar a Rolando Carnevale, la persona que está a la cabeza de Pinceles Carnevale, que nos cuenta en detalle el mundo de los pinceles y el fileteado.
Cuénteme un poco sobre usted, a lo que se dedica.
“Mi nombre es Rolando Carnevale. Yo me dedico a hacer pinceles para fileteado porteño; letras y fileteado porteño. Es un trabajo que heredé de mi familia, de mi padre. Yo ya tengo 76 años (en el 2021) y me dedico a esto desde hace más de 50 años. El que lo inició fue mi padre.
Y actualmente hago lo que me gusta y es lo que tengo para salir adelante, digamos. Por eso lo hice”.
¿Cómo nació Pinceles Carnevale?
“Pinceles Carnevale nació con mi padre hace… casi 70 años. Él era una persona que buscaba hacer siempre algo nuevo; tenía que buscar nuevas alternativas y empezó a hacer pinceles. No el de letra y filete, sino que empezó a hacer pinceles comunes (…). Y después, en contacto con fileteadores, empezó con el tema de pinceles de filete, porque eran todos importados los que había acá. Entonces, con el asesoramiento de varias personas que estaban en el fileteado… Uno de los que más recuerdo yo fue Ricardo Gómez, o varios conocidos… León Untroib, que yo no lo he conocido. Ellos lo iban asesorando a mi papá sobre cómo eran los pinceles. Él iba haciendo los pinceles, buscaba siempre el mejor pelo, el pelo que convenía. Por ahí armaba diez pinceles y servían dos solos, porque le iban dando las críticas los fileteadores. Y así llegó a hacer el pincel que a todo el mundo le gustó. Es un pincel que actualmente lo hacemos con pelo de oreja de vaca. Se hacía así y se sigue haciendo así, con algunas variantes digamos, ¿no? Variante en la preparación y todo eso, pero se sigue haciendo igual. Lo sigo haciendo igual”.

¿Cómo es el proceso de fabricación? ¿En qué se diferencia del resto de los pinceles?
“El pincel que hago yo, siempre digo que lo hago con amor, lo hago porque me gusta. No es una forma industrial, es hecho a mano. Esa es la diferencia que hay.
Por supuesto que hay muchos pinceles y mucha gente aquí en Argentina que hace pincel a mano también, no soy el único. Pero, parece que soy el mejor. Todos los demás son buenos, pero parece que me han elegido a mí. Será porque tengo trato directamente con los fileteadores y corrijo cualquier defecto”.
¿Sabe cómo llegó su padre a ese contacto con fileteadores? ¿Fue casualidad o él buscó la idea?
“No, yo creo que no fue casualidad. Creo que él buscó la idea viendo a la gente haciendo carteles, pintando y todo eso, y ahí nació”.
Y me decía que los pinceles que se usaban eran importados, ¿entonces hay fabricación extranjera que se dedica a hacer pinceles para filetear?
“Sí, sí, sí… Los españoles tienen buenos pinceles, los ingleses también. Me atrevería a decir que los alemanes y quizás otro país, sí (…). Traer un pincel importado en este momento, sale mucho, mucho más caro que el nuestro. Pero hacen, no puedo decir que no”.
Qué curioso esto de que el filete sea porteño pero que los fabricantes hayan sido extranjeros y no de acá.
“Aquí le llamamos nosotros filete porteño, porque tiene algo de lo nuestro y todo eso. Pero los primeros fileteadores venían de Europa y allá ya se fileteaba… No sé si se llamaba filete o no, pero ya estaban usando”.
Claro, había unos inicios de filete, digamos.
“Claro, claro. Quizás no lo llamaban filete. Yo he visto el otro día un video en el que habían unas barcazas turcas y estaban todas fileteadas. Capaz que para ellos no es filete, pero antes se usaba. Yo creo que los maestro fileteadores de aquí, tenían una base de lo que era Europa. Por supuesto le pusieron lo que creían conveniente que había que poner para que sea argentino. Yo creo que la base venía de allá. Hay varios libros que explican eso.
Vos fijate que la mayoría de los fileteadores, por ejemplo León Untroib (de origen polaco), fue uno de los primeros maestros de fileteadores. Yo no lo llegué a conocer, pero mi papá y mi mamá lo conocían. Él vino de allá, por supuesto que creo que ya tenía una escuela y la perfeccionó con lo nuestro acá. Esta es mi opinión, mi opinión personal. Puedo estar equivocado o no, pero yo creo que es así”.

Y acá en Argentina, ¿hay más fabricantes o son los únicos?
“En este momento no te sé decir si hay y quién, pero hasta hace 20 o 25 años atrás, había varios fabricantes. Y todos hacían buenos pinceles, porque el material salía del mismo lugar. El que compraba por ejemplo otra marca, compraba los mismos cabos donde los compraba yo, las mismas virolas que compraba yo y el mismo pelo, quizás, que venían de las mismas vacas de acá. Entonces no había nada distinto. Lo que sí quizás, en la forma de hacerlo y de preparar el pelo”.
¿Me puede contar un poco más sobre esa forma de hacerlo?
“Al pelo mi papá lo preparaba de forma artesanal, a mano. Él compraba las orejas en el matadero, cosa que ya no se hace; hay gente que se dedica a preparar esto. Nosotros vivíamos en Ezeiza, donde en la manzana había siete chalés nomás. Entonces en el fondo se pudrían las orejas, los gusanos se comían el cartílago y quedaba el pelo, nada más. Ese pelo se lavaba, después se iba preparando y se iba sacando por medidas. En una oreja hay pelo de 40 milímetros, o sea, cuatro centímetros; quizás 15 centímetros de largo dentro de la oreja de la vaca. Por supuesto 15 centímetros de largo es del que menos hay, y abundan de ocho, nueve centímetros. Eso se va sacando a medida de forma artesanal o mediante una máquina casera, como hice yo últimamente… Usaba una máquina casera porque ya la producción que había en el tiempo que mi papá y mi mamá hacían el pincel, era bastante. Nosotros hemos llegado a tener, no sé, 100 veces más (…)”.

¿Y ahora cómo se consigue el pelo de la vaca? Me contaba que de una forma diferente.
“Hay gente que se dedica a juntar la oreja, en este momento menos, pero hay gente que se dedica a juntar la oreja y semi elaborar el pelo. La lavan, le cortan el pelo, todo eso (…). Entonces era más fácil, más económico para nosotros comprar un pelo semi elaborado. Lo único que teníamos que hacer era sacar las medidas y nada más, pero ya no había que lavarlo, no había que cocinarlo, no había que hacer nada de eso (…).
Me decía que quizás hay otros fabricantes acá, y que lo hubieron ¿A qué piensa que se deba el éxito de Carnevale y su reconocimiento?
«Quizás en este momento sí somos los únicos, no lo sé. Pero sí ha habido más fabricantes. Yo he conocido tres, cuatro ¿Y por qué la gente nos eligió a nosotros? Yo creo que porque le pusimos amor a la fabricación; el contacto con el fileteador directamente, a pesar que hubo un tiempo que vendíamos a negocios, cosa que ya no lo hacemos. El contacto con fileteadores, visitarlos, eso era lo que hacía mi papá. Él iba, hacía pinceles y salía a visitar a los fileteadores; les llevaba el pincel. Y el fileteador le decía: “Mirá, quiero esto, quiero lo otro, quiero más grande, más corto, un poquito más ancho”, y mi papá se lo hacía. Entonces esa creo que fue una de las razones; porque se ha seguido, y de tradición a tradición, porque los maestros que hay ahora fueron alumnos de los maestros que teníamos antes: Ricardo Gómez, León Untroib, (Martiniano) Arce… (…)».
Qué interesante ese contacto que generó su papá con los fileteadores. Me parece que lo fue todo, esa perseverancia, el estar en cada detalle. Eso siempre la gente lo nota, en lo que sea.
“Sí, sí, eso creo que se valoriza. Y eso seguí yo actualmente. Si bien ahora no voy… Por ejemplo, yo iba tres, cuatro meses a Buenos Aires y me acercaba siempre a los fileteadores, estaba en contacto con ellos. Ahora hace 15 meses o 16 meses que no voy, pero siempre estoy en contacto con ellos. Cuando vienen aquí a Mar del Plata a veces pasan a buscar pinceles y sino, lo compran por Mercado Libre, que los venden mi hijo y mi nuera. Pero siempre estoy en contacto con los fileteadores”.
¿Tiene alguna experiencia para contarme con alguno de ellos (los fileteadores), en su relación o con el mundo del fileteado?
“Bueno, el primer fileteador que yo conocí, que yo era chico y me llevaba mi padre, fue Ricardo Gómez. Ricardo Gómez fue maestro de muchos fileteadores… Uno de ellos, por ejemplo, Genovese (…). Con el que más he tenido fue con Ricardo Gómez, un contacto familiar tenía con él. Después he conocido a muchos más fileteadores, pero he conocido más a la gente joven, porque el que salía era mi papá, que estaba en contacto con los fileteadores de la época (…). Y te digo, yo tuve contacto con los fileteadores más jóvenes, con los cuales ya no había ese acercamiento de familia como tenía mi papá. Pero los fileteadores más jóvenes también tienen la calidad que tenían sus maestros, aunque no hay contacto más en forma asidua como tenía mi padre con los fileteadores en aquel momento, que iba a San Telmo y lo iba a ver a León Untroib (…). Si bien en el contacto con fileteadores he realizado amistades, no fue tan familiar como lo realizaba mi papá”.
¿Sólo hacen envíos? ¿O tienen también local comercial?
“No, no, no tenemos local comercial. Mi hijo y mi nuera desde Paraná se dedican a vender desde que empezó la pandemia, porque antes vendía de forma directa yo acá. Me encargaba el fileteador y yo se lo mandaba, o cuando iba a Buenos Aires se lo llevaba. Pero con esto de la pandemia empezaron a trabajar por Mercado Libre, o sea, todas las aplicaciones que hay. Y yo les mando a ellos, los hago aquí en Mar del Plata y los mando. Ahora, el que viene a Mar del Plata pasa por casa. Pero negocio no, no tenemos. Negocio al público nunca”.


¿Cuánta es la demanda que tienen? ¿Es, por así decirlo, fácil vender algo que no es tan masivo?
«No, no es fácil, porque si no hubiese fileteadores que dan clases y gente que quiere empezar a hacer, no, no es algo de primera necesidad. En el fileteado porteño a veces me preguntan: “¿Y? ¿Hay venta?” Y digo: “Sí, esto es como antes, que las chicas iban a aprender bordado, corte y confección. Ahora van a aprender a filetear”. O antes iban a aprender a cocinar. Ahora la persona que tiene un poquito de tiempo y quiere hacer algo para no estar en la casa mirando televisión, va a aprender a filetear. Y está la persona que le gusta eso por arte también. Es como aprender dibujo o aprender, no sé, literatura. La gente va a aprender fileteado. Y quizás eso antes no estaba desarrollado, porque se usaba al filete como instrumento de trabajo… Hacer carteles de venta, que esto, que aquello. Cuando eso decayó, los fileteadores tuvieron que buscar otro medio y empezaron a dar clases. Todo esto es opinión mía, pero creo que es así. El pincel se empezó a vender así, a gente que enseña, que está aprendiendo, por Internet y todo eso, así».
Debido a los altos y bajos que ha tenido el filete, ¿han pasado por momentos difíciles? ¿Han estado a punto de cerrar en algún momento?
“Mirá, a esto lo empezó mi papá y mi mamá, yo trabajé con ellos (…), después me fui porque era un trabajo chico, hasta que volví otra vez, y llegamos a ser 13 personas trabajando; todos familiares. Bueno, trabajó uno que otro amigo de mi hijo, pero éramos la mayoría familiares. Ahora soy yo y mi señora que me ayuda, igual que Glenda que los vende. Nada más. Y hasta que empezó la pandemia, éramos mi señora y yo.
Ahora es como una artesanía que hago. Y lo hago porque me gusta y además lo preciso”.
¿Y tienen mucho trabajo al ser ustedes nomás?
“No, no, lo justo y necesario para poder vivir bien. Antes hubo épocas en las que por ahí rechazaba un negocio o a una persona que quería vender, pero no, actualmente no. Está muy limitado todo”.


¿Y la frecuencia de venta cuál es más o menos? ¿Cuánto llegan a vender, pongamos, en un mes?
“Por ahí en un mes vendés, no sé, te pongo un ejemplo, pero no lo he contado… Pero ponele que vendés 1000 pinceles y al otro mes vendés 100, y al otro mes vendés 2500. De acuerdo a la época, a la gente que quiera pintar y todo eso. Antes venía el invierno y decaía mucho porque no se pintaban carteles, no se pintaban paredes, no se pintaba nada. Después venía la primavera y subía la venta. Ahora no. Ahora por ahí en el verano cae un poco porque la gente está de vacaciones y no aprende, o está en la casa y no está haciendo nada y después sube un poco. Es fluctuante.
Y depende también de otra cosa que hay que tener en cuenta hoy: la parte económica. Porque ahora son muchas las partes económicas que te compran el pincel, y antes era una sola, que generalmente era un taller grande o un negocio o era gente que se dedicaba a hacer carteles”.
Me comentaba que hay fabricantes en otros lados también pero, ¿hacen envíos al exterior?
«Yo no. Una sola vez hice uno a Italia y tardó para llegar allá una eternidad, y dije: “No, basta. No quiero saber más nada”. Sé que mi hijo estuvo haciendo; mandó a Europa, a América y todo eso. Ahora hay gente que usan los pinceles nuestros allá (…). Si a mi hijo le llegan a pedir sí, por ahí sí, pero está muy difícil el envío… Hay muchos problemas. O mandar la mercadería allá te sale más caro de lo que vale el pincel (…)».
¿Promocionan de alguna forma lo que hacen? ¿O es más de boca en boca?
«No, no. De boca en boca… Los fileteadores. Yo trabajo mucho por ejemplo con la Asociación de Fileteadores de Buenos Aires, los cuales me han entregado una estatuita por la trayectoria de fabricar los pinceles, un pergamino… Hay un fileteador que ha pintado un cuadro con mi imagen (…). Como tengo varias pinturas, por ejemplo de (Ricardo) Gómez, de León Untroib, a veces me da pie para las exposiciones, entonces ahí se conoce. Y después de boca en boca, por los mismos fileteadores (…).
Yo por ejemplo les vendo a la Asociación de Fileteadores y ellos los venden; la única asociación a la cual le vendo pinceles. Entonces ellos con los pinceles tienen una entrada más a la Asociación; entonces promocionan los pinceles. Después hay profesores que por ahí te compran: “Ah, tengo seis alumnos, preparame seis juegos así…”, pero es para sus alumnos. O sea, ellos indirectamente también me están promocionando porque le venden a sus alumnos los pinceles. Dan la clase y se aseguran que el alumno tenga los materiales (…).

Yo te digo, con el 95% de los fileteadores, no me atrevo a decir el 100% porque no sabría, estamos en contacto con el tema de los pinceles. Y el fileteador que no te compra para sus alumnos, les dice: “Ah mirá, comprá aquí a Carnevale que ellos te lo mandan” (…). No es una venta masiva como para tener un negocio o hacer una publicidad grande y todo eso, porque gastaríamos más de lo que ganamos (…)».
¿Este tipo de pinceles es el único que hacen o han ampliado su oferta?
“No, no. Yo me dedico a hacer el pincel para letra y filete. También hago un pincel especial para trabajar sobre vidrio, que a ese lo hago por pedido. 36 mechones trae, reemplaza a uno importando de pelo de tejón, que lo empecé a hacer por razones de costo porque el pincel importado vale USD 200, y este sale mucho menos. Rinde un 80, 85% de lo que rinde el otro porque se humedece antes, pero se sigue usando y lo tienen acá. Entonces me lo piden y se los preparo. Pero eso no es una venta masiva, son pinceles para trabajar sobre vitró y todo eso, que también los hago (…). En un tiempo hacíamos para acuarela, témpera, tela… Pero no, ya no. No sé si mi hijo en un futuro haga, no sé; yo no.
Hay otros tipos de pinceles que a veces hago. No sé si alcanzás a ver este (muestra un pincel), es un pincel cortito, de cerdas blancas, pero esto se lo hago para otra persona, va con otra marca. Es para una fábrica de automotor, pero lo hago para otra persona (…)”.
Seguimos hablando y el entrevistado continúa: «Con lo que hago me alcanza. O sea, puedo hacer mucho más, pero por ahí ya bajo la calidad. Entonces quiero hacer poco y bueno, que hacer mucho y más o menos. Hay que ver que yo tengo 76 años, entonces veo las cosas desde esa perspectiva ya.
En una época éramos 13 haciendo los pinceles. Mi hijo por ejemplo que estaba conmigo, se dedicaba a la parte cosmética, yo con mi padre me dedicaba a lo que era letra y filete, tenía un hermano que por ahí me ayudaba y hacía pinceleta. Pero cada cual tenía su forma, su lugar de trabajo. Pero si ahora yo tengo que hacer todo lo demás, voy a tener que dejar de lado algo; y el que mucho abarca, poco aprieta (…). Por ahí si viene alguien que me pide: “Haceme un pincel así”, y si tengo los elementos, lo hago. Pero lo hago como un favor, no como un compromiso».
¿Cómo ve el futuro de Pinceles Carnevale? ¿Tienen pensado que siga siendo un negocio familiar?
“Mirá, si yo lo tengo que ver desde mi futuro, desde mi persona, te digo que sí. Pero ya eso depende de mi hijo que es el que está en venta y todo eso. No sé cuál es la idea de él. Yo pienso que por ahí, la idea que tiene es desarrollar todo mejor de lo que lo hice yo. Los elementos los tiene. Tiene el nombre, tiene los materiales… Bueno, eso es cada vez más difícil de conseguir… Tiene máquina para marcar cabos, máquina de pintar. O sea, tiene todo. En un tiempo se hacía todo a mano (…); la unión con el cabito se hacía a mano, ahora no. Ahora tengo una maquinita que me lo hace. Lo hacía mi papá a mano porque vendía 10, pero después cuando estuvimos todos juntos llegábamos a vender miles, y no lo podías hacer a mano. Pero el pincel se arma a mano; el pelo del pincel se arma todo a mano.
Ya te digo, por mi parte, sigo como estoy y espero que por muchos, muchos más años”.

¿Con su hijo han charlado? ¿Él tiene interés en seguir esto o no sabe?
“Él sí, evidentemente tiene interés, porque si está vendiendo esto desde el año pasado cuando empezó la pandemia y todo eso, es porque le reditúa y le conviene. La idea que tengo de él, si va a seguir de la forma artesanal, que pienso que sí porque es más meticuloso que yo, o lo va a hacer de forma más industrial, ya no sé. Tendría que estar mucho más en contacto con él, y el contacto que tenemos es telefónico; él vive a 1000 kilómetros de acá, vive en Paraná. O sea, que esa es una distancia bastante grande para estar hablando a veces y todo eso. Pero pienso que él lo va a seguir así en forma artesanal, que es lo que conviene; porque en forma industrial vos bajás la calidad, te ponés a la altura de cualquier pincel de China… Entonces no va, vos tenés que tener una calidad para seguir subsistiendo”.
Encuentro una relación de lo que está hablando de la calidad, junto con el filete, porque en el filete también aparecieron las máquinas que empezaron a hacer dibujos y letras más prolijos y más baratos, pero lo que tenés con el filete es esa calidad artesanal, y lo mismo pasa con estos pinceles. Es la esencia, digamos.
“Claro, ahí está, es lo mismo. Es la esencia, como lo decís vos. Es así”.
Recordando su trabajo junto con su esposa, nos sigue contando: «Esto que estoy haciendo, como te dije, lo estoy haciendo con mi esposa. Mi esposa me ayuda en forma directa más o menos hace unos 35 años o 40, porque ella no quería que yo me dedique directamente al pincel, sino que siga trabajando. O sea, a ella no le gusta este trabajo, pero hace 40 años que me ayuda. Entonces ahí las cosas se hacen bien.
De mis hijos ninguno aprendió, ninguno se quiso dedicar a los pinceles; a pesar de que me ayudaron, los tres hijos que tengo, desde chicos como para darme una mano en todo eso. El que se está dedicando ahora en la venta y todo eso y está fabricando algún tipo de pincel, es mi hijo con mi nuera allá en Paraná. La otra menor no quiso saber nada con los pinceles y la otra se dedicó a ser Profesora de Educación Especial. Está bien, cada cual siguió lo que le gusta. Yo también, yo no quería saber nada de hacer los pinceles cuando era chico. Yo no quería saber nada, pero cuando empecé, que vi que podía ganar plata y hacía algo que me gustaba y que ponía contento a mi padre, bueno, ahí seguí. Hubo épocas malas en las que tuve que volver a trabajar, que trabajaba en otro lado y me dedicaba a hacer pinceles también. Muy malas, como fue para todo el país. Y después bueno, me dediqué solo a esto. Un día dije: “Basta, dejo el trabajo”, y de ahí me dediqué al pincel».