
Silvia Dotta: Su camino hacia el encuentro con el Filete Porteño
Tuvimos la oportunidad de hacerle una entrevista a Silvia Dotta, fileteadora desde hace más de 10 años. Durante el transcurso de la entrevista, ella nos cuenta cómo fue su camino hacia el encuentro con el filete porteño, arte emblemático para los argentinos.
Contame un poco sobre vos y cómo fue que tomaste la decisión de ser fileteadora y dedicarte a eso.
“Me llamo Silvia Dotta, soy fileteadora y tengo 52 años (año 2021). Me encontré con el filete a los 40, o sea que hace 12 años que fileteo. Cuando me encontré con el filete es como que no tuve dudas de que ese era mi camino. Me encontré con el filete porteño después de una larga búsqueda y de transitar por otros senderos. Pero cuando me di cuenta a los 40, fue como una especie de bisagra en mi vida, porque yo era actriz. Había estudiado igual diseño gráfico antes de actuación. Y el camino de la actuación fue un camino de autoconocimiento, fue una búsqueda súper interesante, me formó en muchos aspectos; pero cuando cumplí 40 años, me di cuenta que no tenía esa necesidad de subirme a un escenario (…).

Decidí abrirme a una nueva búsqueda. Coincidió con que justo nos mudamos acá a nuestra casa definitiva, la casa de nuestros sueños, una casa antigua. Y bueno, caminando con mi perro conozco al carpintero que era mi vecino, y a su esposa. Los invitamos a comer a nuestra casa y cuando entran, ella, Susana de León, ve un objeto fileteado, porque a nosotros nos encantaba el filete. De hecho, yo en un momento había pensado que quizás lo tenía que estudiar, pero ya hacía demasiadas cosas”.
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«Tenía un objeto que me había regalado mi mejor amiga para mis 40 años cuando me mudé a esta casa. Era un portallaves fileteado, lo tenía colgado en la puerta. Y Susana de León, mi vecina, cuando lo ve sorprende y me dice: “Mirá, qué loco, yo fileteé ese objeto. Lo dejé en un negocio en San Isidro”. O sea, lejos de mi casa. Y mi amiga que vivía por esa zona lo había comprado y me lo había regalado. Y… como yo justo estaba en esta búsqueda lo tomé como una señal, porque me volví a encontrar de alguna manera con el filete en esa nueva etapa de mi vida. Entonces le pregunté (a Susana) si se animaba a enseñarme. Ella era mi vecina, era muy loca la casualidad. Ella había colgado los pinceles ya, no estaba fileteando; pero había aprendido acá en la Quinta Trabucco. Yo estoy en el barrio de Florida (Vicente López) y está la Quinta Trabucco donde siempre se hacían talleres. Y ella lo había aprendido en un taller para mujeres, y que lo dictaba una mujer. Aprendió a filetear y lo hizo durante una etapa de su vida, y en ese momento ya no fileteaba pero tenía todo, así que acordamos un encuentro semanal y durante un año fui a ese taller, acá a la vuelta de mi casa. Iba con mi hijo chiquito inclusive. Ella me transmitió todos los conocimientos básicos y me dio las primeras herramientas para empezar a filetear (…). Con el tema del fileteado, fue como que se alinearon los astros y naturalmente se dio que, en poco tiempo, empecé a tener trabajo».
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“Tenía el libro de Los Maestros Fileteadores, el libro de (Alfredo) Genovese e Internet. Empecé a desarrollar un poco, desde lo exploratorio, un estilo personal, porque yo había aprendido los conocimientos básicos de una persona que no se había dedicado completamente al fileteado, digamos. Me transmitió lo que ella sabía, pero no tenía yo todo el conocimiento que tiene un fileteador tradicionalista. Entonces al no tener muchas reglas, hice lo que yo pensaba que era el filete porteño, con montones de errores, que quizás si yo hubiese tenido más restricciones en cuanto a lo que sí se debe, lo que es filete, lo que no es filete, lo que se hace y lo que no se hace, quizás no hubiese tenido la libertad que tuve para explayarme y hacer lo que a mí me gustaba”.
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“Me encanta contar esta historia porque yo me encuentro a los 40 años con el filete porteño y resulta que pude desarrollarlo a pleno, pude hacer una carrera muy interesante y vivir de ello (…). Cuando los chicos (sus hijos) ya estaban un poco más criados y yo ya tenía como cierta madurez de los 40 años, como que ya tenés algunas cosas resueltas… finalmente pude darme ese espacio de escucharme, de registrarme y de darme cuenta de que no me sentía realizada en lo profesional, y que podía reconocer que el tema de la actuación no era algo que me motivara en ese momento de mi vida (…)”.
Continuando con la entrevista, Silvia nos relata un recuerdo familiar muy importante para ella: «Lo particular que me pasó a mí es que mi bisabuelo italiano, Angelo Dotta, en 1880, era pintor de carteles y carruajes. Era fileteador digamos, solo que no hacía filete porteño porque estaba en Italia (el filete porteño como tal nace en Buenos Aires), pero se dedicaba a la cartelería (…). Era letrista, pintaba carteles y carruajes. Lo describe todo esto mi abuelo Humberto, que es el hijo del fileteador, en sus memorias (con ‘memorias’ se refiere a un libro escrito por su abuelo). Y yo, si bien había leído sus memorias, no había hecho en su momento la asociación, porque no fileteaba yo. Recordando esto, vuelvo a agarrar las memorias de mi abuelo y veo bien que cuenta un montón de cosas maravillosas en esa parte donde habla de lo que era su familia de origen, y eso le dio un significado muy, muy profundo a mi elección, porque sentí que podía honrar a mis antepasados de los que, aparte, estoy muy orgullosa y tuve la suerte de conocer mucho por las historias que me contaba mi papá. Mis padres vinieron a Argentina en el (año) 61 con tres hijas y tuvieron tres hijos más. La última de los seis soy yo, así que me crié en una familia de italianos».
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“En el entorno en el que crecí, no tenía muchos referentes que me devolvieran un poco quién era yo. Y eso, a la vez, me despertó una fuerte búsqueda. El filete porteño nace en Buenos Aires a fines del siglo XIX, principios del siglo XX, en la época en la que Buenos Aires recibe a millones de inmigrantes europeos, mayormente italianos y españoles; y los fileteadores, la mayoría, eran inmigrantes italianos (…). Nace en una época en donde Buenos Aires se transforma por la llegada de los inmigrantes y absorbe todas esas culturas, y habla de eso. Entonces es como que, evidentemente por todo, por mi historia personal, me sentí realmente identificada y abracé esa actividad sintiendo que me expresaba, que me expresaba a mí. Fue una alegría, fue realmente una oportunidad que tuve en la vida de desarrollarme en algo que me da muchísimo placer, con lo que me siento realmente identificada”.


La fileteadora nos cuenta, en sus propias palabras, más sobre su trabajo y su relación con sus colegas: «Lo lindo es que después, con las redes, tuve la posibilidad de conocer a un montón de fileteadores impresionantes. Y seguí formándome más allá de que tuve todo un período en el que fui bastante autodidacta (…). A esta generación de maestros fileteadores, que es la generación que vino después de los grandes maestros, los conocí mucho porque justo fue en una etapa del fileteado porteño en donde empezaba a despertarse esa necesidad y ese deseo de empezar a generar acciones para preservar al filete (…). Se organizó el primer encuentro de fileteadores en 2012 del que fui parte. Por supuesto yo estaba en mis inicios, pero sí desde mis inicios tuve la oportunidad de compartir mano a mano con verdaderos maestros; conocer a Memo Caviglia, José Espinosa, Adrián Clara, Marcelo Sainz… José es el fileteador por excelencia, aparte te transmite esa pasión. Él conoció a León Untroib».
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“Al poco tiempo de que estábamos ya organizados con la Asociación, surgió esto de que la Secretaría de Patrimonio Cultural y Casco Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, decide presentar al filete porteño como candidato a ser Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO. Y el hecho de que ya estuviéramos organizados como Asociación fue muy importante, porque ellos trabajaron directamente con nosotros en lo que fue la presentación (…). Salió lo de la declaratoria y eso fue un estímulo muy importante”.
¿Transitaste el camino de enseñar? ¿Cómo fue?
«A mí lo que me pasó fue que, cuando aprendí a filetear, después de un par de años, me pidió una vecina de mi barrio si le podía enseñar y como que, yo dudé un poco, pero después dije que sí. Abrí mi taller, tuve uno, dos, tres, cuatro… Tuve diez alumnos. Y la pasábamos súper bien, yo les enseñé todo lo que sabía. Pero después de que pasaron cinco, seis años, es como un nuevo paso. Al principio uno no sabe nada y todo lo que aprendés es un montón y te parece que ya sabés filetear. Y de pronto, cuando sabés bastante más empezás a poder observar todo lo que todavía no sabés y todo lo que te diferencia de un fileteador, de un profesional. Y de pronto sentí que no podía seguir enseñando, que tenía que volver a empezar (…). Cuando uno al camino lo hace medio solo, es como que tardás mucho más en aprender bien cómo se hacen las cosas. Así que me pasó eso, que de pronto dije: “No quiero dar más clases”. Aparte empecé a tener un montón de trabajo y empecé a estudiar yo. Dije: “Quiero perfeccionarme, quiero pulir mis conocimientos, no quiero seguir trabajando cometiendo errores”. Empecé a trabajar más para la mirada del fileteador (…). Hoy podría volver a dar clases, pero lo que pasa es que, a Dios gracias, tengo muchísimo trabajo y no me da tiempo. Pero bueno, es importante también en algún momento enseñar. Yo creo que es importante entregar lo que uno sabe. Y sigo estudiando, sigo yendo al taller de Marcelo Sainz; fui al taller de José Espinosa, fui al taller de Adrián Clara».


Cuando aprendiste a filetear, ¿ya tenías alguna base de saber de plástica, pintura o algo?
“Yo toda la vida tuve mucha facilidad. En la escuela ganaba los premios, tenía una facilidad natural para dibujar; fui a taller desde muy chiquita. Y cuando terminé el colegio, de hecho, no sabía qué hacer de mi vida y me anoté para estudiar Bellas Artes. Pero después me fui de viaje a visitar a mi familia de Italia y no volví para el ingreso. Volví un año más tarde y me anoté en la Escuela Panamericana de Arte para estudiar diseño gráfico. Estudié un par de años ahí a la vez que empecé a estudiar teatro, y ahí fue cuando me enamoré del teatro. Pero toda la vida igualmente, seguí con el tema de producir cosas con las manos. En una época hacía carteras, las cosía yo; pintaba remeras, siempre pinté retratos, pero por motu proprio. Digamos que, todo lo que era la motricidad fina, era como una cosa innata. Yo apenas agarré el pincel, sentí como mucha familiaridad. No fue difícil digamos; sí es un largo camino, pero enseguida pude manejar bien la herramienta y yo sabía que lo iba a poder hacer bien. Solo necesitaba el tiempo, que es intransferible (…). Me motivaba mucho ver los trabajos de los fileteadores a quienes admiraba con la certeza de que yo iba a lograrlo (…). Parte del proceso es la frustración que provoca que, para lograr un buen resultado, sí o sí va a llevar tiempo (…). Yo pinto seis, ocho, diez horas por día. Por eso va creciendo. O sea, voy creciendo como fileteadora en la medida en la que pasa el tiempo y yo me dedico a mi oficio y trabajo todo el día”.
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«El fileteador en particular, tiene esa característica de que es muy perfeccionista, muy obsesivo. O sea, son aspectos de la personalidad que pueden ser negativos para otras cosas, pero en el filete porteño te aporta el ser obsesivo. Yo siempre digo: “Si no fuese fileteadora, volvería locos a mis hijos y a mi marido”. Es como que canalizás mucho de lo que es el perfeccionismo y la obsesión, porque tiene como esa cosa de la pulcritud, el detalle, la precisión. Te suma mucho tener eso».


Por último, más allá de cumplir con tu trabajo, ¿qué deseas transmitir con lo que hacés?
Tras segundos de silencio, la entrevistada responde: «Qué interesante tu pregunta porque… no sé si yo me propuse algo específico que quiera transmitir con lo que hago. Lo que sí te puedo decir, es que a mí algo que siempre me gustó del filete porteño es que, por esta esencia que tiene de que nace con el afán de celebrar la prosperidad en el trabajo, se concibió con el deseo de transmitir alegría. Vos ves algo fileteado y entre los colores y las flores, las leyendas y los pajaritos… como que no es un arte pretencioso, no es un arte que a vos te proponga: “Mirame y fijate qué te despierto”, no. Es muy simple el filete. Despierta alegría, es grato a la vista. A mí lo que me motivó a filetear objetos cotidianos fue que, realmente para mí, rodearte de cosas que te despierten alegría mejora tu calidad de vida. O sea, si vos te rodeás de cosas bellas, es un placer. Entonces me encanta, de pronto, tomar mate con mi mate fileteado, con mi termo fileteado, tener la bandeja fileteada… Están a diario (…). Yo ya le hice a mis dos hijos algo especial que tiene que ver con sus pasiones. Así que me puedo morir tranquila porque ya les hice un súper regalazo fileteado esmerándome un montón para los dos (…).
Lo que yo sí compruebo es que la gente se conmueve porque hay algo de su esencia que sigue funcionando. La razón por la cual se convierte en Patrimonio de la Ciudad y Patrimonio de los argentinos, es porque hay algo que sigue funcionando y que se activa con lo que transmite eso, que nació en un momento en el que se construye una Buenos Aires nutrida de los inmigrantes, que es la que somos hoy (…)».
Para conocer más sobre Silvia Dotta y su trabajo, podés encontrarla en su Instagram: silvia_dotta